
Entusiasmado por su nueva faceta de músico, viajó hasta los Estados Unidos para probar algo de suerte. Visitó los centros culturales más importantes del Nueva York de finales de los años 60 (donde la figura de Andy Warhol era omnipresente) y pegó un acuerdo casi comercial por accidente: la más clásica de sus canciones, "Suzanne", enamoró a una Judy Collins que cierta presencia tenía en los círculos folk de la época.
Collins logró un éxito considerable con "Suzanne", mientras que Cohen sonaba ya en la mente de algunos productores; John Hammond, de Columbia, decidió contratar al canadiense como artista de sus filas.
El resultado fue monumental. A pesar de contar con una voz muy limitada (fea, dirían algunos), The songs of Leonard Cohen (1967) se convirtió en objeto de culto para las audiencias estadounidenses y en éxito comercial para las europeas, por su sublime combinación de melodías entrañables acompañadas de poesías de extraordinaria factura.
Incluía clásicos como "Suzanne", "So Long, Marianne", "Sisters of Mercy", "The Stranger song", "Master song", canciones que han arropado la memoria de generaciones enteras como maravillas.
A éste disco le siguieron los otros indispensables de Cohen: Songs from a room (1969) y Songs of love and hate (1971), entre otros, que completarían la lista de canciones empotradas en la memoria por siempre, como "Bird on the wire", "The partisan", "Avalanche", "Chelsea Hotel" y muchas más.
Esta primera etapa musical, quizá la más popular y sonada de Cohen, se encuentra bien recopilada en el ya imprescindible The Best of Leonard Cohen (Columbia, 1971) que sirve como una fantástica introducción.
Los setentas y ochentas
Ya un cantautor formado, otrora poeta, se embarcaría en una etapa complicada dentro de su carrera musical: sus discos de los años 70 se compararían muy mal con sus obras anteriores, y su súbito interés por presentarse en vivo afectaría seriamente sus capacidades de composición.
Una fallida colaboración con Phil Spector (Death of a ladies man, 1977) y varias ediciones de discos en vivo marcarían un cambio de estilos en tanto se dejaban a un lado los arreglos mínimos (guitarras y coros, básicamente) de sus primeras canciones por piezas más complejas, peor logradas.
Esta década, perdida en el olvido musical, se vería medianamente salvada por su producción de los 80, que con discos como Various positions (1984) logró posicionar nuevos clásicos (famosos, accidentalemnte, por sus interpretaciones de otros artistas) como "Hallelujah", "First We Take Manhattan", "The future", "Tower of song" y algunos otros.
Si bien estas piezas chocan mucho con nuestras apreciaciones actuales (el uso excesivo de sintetizadores, máquinas de rimo y otras hierbas), se han convertido en otros bastiones creativos de Cohen y su historia, a tal grado como para considerarse la otra gran etapa del músico y escritor canadiense.
(De los 70, casi nadie se acuerda)
Presente
Leonard Cohen editó otros volúmenes de escritura a lo largo de su carrera, se concentró en nuevos horizontes espirituales (vivió por meses en un monasterio budista) y lanzó algunos pocos discos en las décadas siguientes.
Sin lugar a dudas, nunca logró tener el impacto que logró en sus primeros años, pero la leyenda perduró con tanta salud que, al día de hoy, son pocos los músicos considerados a su altura: Bob Dylan, quizá Neil Young, no muchos más.
En los años más recientes, Cohen revivió para el público a causa de una tragedia; fue robado de todos sus ahorros de retiro por medio de un fraude impronunciable y el hecho lo obligó a ofrecer conciertos de nuevo.
Sigue en forma (¡77 años!) y esperemos que el reconocimiento que ahora le otorga la Fundación Príncipe de Asturias sirva para recordar que, ante todo, estamos ante un monstruo creativo que nos ha regalado muchos, muchos años de producción.
En buenahora.